A base de experiencia

Con el tiempo (y los golpes de agua) he aprendido una lección importante para vivir en este país: no irme sin paraguas, y mucho menos olvidarme de él en el tren. 

No vale la excusa de que está mojado y no quiero empaparme teniendo al lado. Después de tantas lluvias puedo dar fe de que, cuando hay algo que te ayudará a librarte del temporal, lo mejor es no soltarlo, ni siquiera cuando creas que ya lo peor ha pasado.

Llueve sobre mojado

Nunca había visto ni oído llover tanto tan seguido, y por lo que dicen las predicciones, va a seguir así veinticuatro horas más. 

Sí, es verdad que me he acostumbrado a que la lluvia sea ya uno más en mi día, sin embargo ésta no me ha quitado las ganas de llevarme la manta al sillón para quedarme acostada comiendo chocolate caliente. Por supuesto, reprimo las ganas de inventarme cualquier excusa para poder hacerlo, más que nada porque llueve sobre mojado.

El cuervo

Es curioso lo mucho que aprendes de lo que hacen los demás cuando los observas. Quizás, si lo hubiera leído en un libro no le habría puesto tanto interés al asunto del cuervo, ese animal que parece estar en todas partes.

La cosa es la siguiente. El cuervo coge el fruto del suelo y, como no puede con la cáscara, echa a volar con él. Una vez bien alto lo suelta, y la gravedad me abre una puerta. Una, dos, tres… lo hace las veces que sean necesarias hasta conseguir lo que busca. 

Ilusa avellana. Nunca pensó que quién la llevaba al cielo fuera el primero en comerse sus entrañas. 

Listo cuervo. Consiguió convencerla una, dos, tres… las veces que fueron necesarias para hacerlo.

Viajar en el tiempo 

Por última vez este año, desde la estación Zúrich Wiedikon, partió Schnaaggi-Schaaggi con destino Sihlwald. Es el mismo recorrido que hacía habitualmente cien años atrás, antes de que fuera jubilado por el tren eléctrico que hoy me lleva y trae a casa, sólo que este último domingo de octubre lo hizo para aquellos nostálgicos que, al verlo, quisimos retroceder con él en el tiempo. 

Su profundo silbido, su poderosa imagen saliendo del túnel, los revisores y maquinistas… todo ello, en conjunto, me dio una idea de la historia que nunca viví. Lo que no sabía es que, minutos más tarde, al subirme al tren iba a viajar hasta el año 1900, como si al dejar el andén estuviera entrando a una madriguera de conejo.

Asientos de madera, pasajeros con las ventanas abiertas con medio cuerpo por fuera para sentir el viento en la cara, olor a carbón en la ropa… Sólo los altos edificios, que deberían ser árboles y zonas rústicas, me hacían ver que seguía en esta época, aunque el ajetreo del tren se empeñara en decir lo contrario.

Los niños en la lluvia

Verlos caminar bajo la lluvia con la misma tranquilidad que en un día soleado, observarles saltar de charco en charco como hacía yo de pequeña, y oírles reír como si mojarse de arriba a abajo fuera divertido. Lo que no escuché en ningún momento fue lo que normalmente dicen las madres cuando hace mal tiempo: Cuidado, te vas a poner malo.

Supongo que esta es la consecuencia de convivir con la lluvia, día sí y otro también. Ellos han dejado de tener miedo a la lluvia, a vivir su vida cotidiana condicionados por una mañana fría.

Que no cunda el frío 

Que el mal tiempo y el frío no te quite las ganas de tomar café, ver pasar gente, oler tierra mojada… en la calle. 

Estas son las típicas cosas que en mi tierra son casi impensable, más que nada porque hay un clima primaveral durante todo el año y, cuando no es asi, por unos días no vale la pena invertir en ellas. Sin embargo son esos pequeños detalles los que hacen que disfrutemos de otros muchos, como sentarse en la calle cuando llueve.

Paraguas 

A veces uno no es suficiente, lo sé. Nunca hay un día en el que sea bueno mojarse el pelo o el abrigo nuevo, sin embargo me he encontrado con esto que me ha hecho pensar… ¿Y si nos protegernos demasiado para que la vida no nos afecte?